
Los abucheos del público escocés tras la derrota ante Costa de Marfil resultaron tan inoportunos como molestos para los jugadores. Escocia intentó proponer fútbol vertical y con criterio, pero se vio saboteada por su propia falta de precisión, la escasa contundencia y la ausencia de la chispa que Ben Doak es capaz de aportar en sus mejores noches.
La esperanza es que Doak complete su recuperación y llegue en plena forma a Boston. También se espera que Scott McTominay, John McGinn y los demás referentes del equipo aparezcan a su mejor nivel cuando las papas quemen de verdad en Estados Unidos.
Es mucho pedir, sí. Pero la alternativa es el lamento y los pitos, y eso no lleva a ningún lado.
Los números del partido no fueron tan catastróficos: 14 remates para Escocia frente a 12 del rival, con cuatro entre los tres palos por tres del equipo africano. Incluso generaron problemas a una selección que completó toda su fase de clasificación para el Mundial sin encajar un solo gol.
La goleada ante Dinamarca en Hampden fue un espejismo irrepetible, con aquella chilena de McTominay, el golazo de Tierney y el disparo desde el centro del campo de McLean. El gol de Shankland ante Costa de Marfil fue un simple empuje, en una jugada que probablemente ya entrar sola. Aquella noche tuvo algo de milagro colectivo. La realidad vuelve a imponerse.
Escocia debe recuperar su esencia: ritmo alto, centros medidos desde las bandas, invasión masiva del área rival, caos organizado, segundas jugadas, remates en desorden. Necesitan a McTominay y McGinn irrumpiendo en el área y a Andy Robertson y Doak bombardeando desde los costados. El centro delantero no será Harry Kane, pero la calidad está repartida por todo el equipo.
Una segunda derrota amistosa en cuatro días no es ninguna catástrofe, especialmente tras una actuación que mereció mejor suerte y desde luego no merecía pitos. Escocia está en el Mundial. Eso ya es histórico. Quienes los abuchean deberían recordarlo.
Fuente original: BBC Sport Football