
Más allá del marcador, había algo diferente en la actuación de Estados Unidos. Bajo la batuta de Pochettino, el equipo había abandonado la mentalidad de equipo modesto para jugar con una confianza y atrevimiento que ilusionó a toda una afición. "Vamos a ganar el Mundial", proclamaba un hincha antes del partido en los aledaños del estadio de Seattle, una opinión ampliamente compartida entre los seguidores estadounidenses.
Gran parte de ese optimismo giraba también en torno a Folarin Balogun, el delantero en estado de gracia que fue autorizado a jugar pese a haber visto la tarjeta roja directa ante Bosnia-Herzegovina, por una falta sobre el defensor Tarik Muharemovic. La FIFA tomó la sorprendente decisión de suspender la sanción automática de un partido durante 12 meses, lo que generó una avalancha de críticas, entre ellas las de la UEFA, Bélgica e incluso el seleccionador inglés Thomas Tuchel. El asunto escaló hasta la cima de la política norteamericana: el propio presidente Donald Trump afirmó haber pedido a la FIFA que revisara el caso porque, según él, "no fue falta".
Balogun, autor de tres goles en el torneo, salió de inicio ante Bélgica pero no logró marcar diferencias. Preguntado si toda la presión mediática había afectado al equipo, Pochettino fue claro: "No influyó en nuestro rendimiento. No es una excusa. Simplemente no fue nuestro día. Pero a nivel personal, ¿qué sentido tiene recibir insultos y mensajes de odio? La federación aplicó el reglamento. Si la FIFA autoriza al jugador, no hay problema. Me decepciona que tanta gente mezcle política y manipulación con el deporte."
Por su parte, el técnico belga Rudi Garcia reveló que Balogun se acercó a él nada más terminar el encuentro. "No es culpa suya, él no tiene nada de lo que avergonzarse, y así se lo dije", señaló Garcia. El sueño americano ha terminado, y las polémicas lo acompañarán hasta el final.
Fuente original: BBC Sport Football