
Las Islas Malvinas, ese archipiélago en el Atlántico Sur a apenas 300 kilómetros de las costas argentinas, siguen siendo territorio británico desde 1833. En 1982, Argentina intentó recuperarlas por la fuerza, desencadenando una guerra de 74 días que costó la vida a 907 personas: 649 militares argentinos, 255 británicos y tres isleños. Aquella derrota dejó una herida que aún no ha cicatrizado.
Esa memoria colectiva se cuela inevitablemente en el fútbol. Antes del amistoso de la selección argentina contra Zambia en La Bombonera, en marzo pasado, veteranos de la guerra compartieron cancha con los jugadores durante el himno nacional. Y en los estadios, el canto más popular es elocuente: "Y ahora lo ven, y ahora lo ven, el que no salta es un inglés".
El periodista argentino Nicolás Rotnitzsky lo explica sin rodeos: "Es parte de la cultura argentina. Es un 'nosotros no somos ellos'. Hay que saltar para demostrar que somos argentinos". Según Rotnitzsky, junto a Brasil, Inglaterra es considerada la mayor rival futbolística de Argentina.
El mediocampista Rodrigo De Paul insistió en que los cánticos rinden homenaje a los caídos en las Malvinas y no son una declaración política. "Hay que entender que esto es un partido de fútbol y que el tema de las Malvinas debe discutirse en otro ámbito", afirmó. Por su parte, el portero inglés Jordan Pickford quitó hierro al asunto: "Es solo un partido de fútbol, el fútbol hablará por sí mismo".
La tensión política no queda solo en las tribunas. El canciller argentino Pablo Quirno describió esta semana a la población malvinense como "implantada artificialmente por la potencia ocupante", a lo que el gobierno británico respondió que los isleños son "británicos con derecho a decidir su propio futuro".
Ni siquiera la FIFA escapa a esta realidad: el árbitro de la Premier League Anthony Taylor fue descartado para pitar la final del Mundial 2022 precisamente cuando Argentina llegó a ella. El deporte y la política, una vez más, resultan inseparables.
Fuente original: BBC Sport Football